Cristina: Vértigo (Segunda parte)
La verdad, no sé por qué me ocurre esto. Cuando lo hago, me siento muy bien, satisfecho. Pero si no tengo una idea nueva o algo que quiera probarme para ver cómo me queda, se hace un poco cuesta arriba. Y claro, cuantas más cosas tengo o más procesos sigo, más largo se vuelve todo.
Antes, el proceso completo duraba alrededor de dos horas y media. Ahora, tres o cuatro es lo normal, y sacar ese tiempo al día no resulta fácil.
Por alguna razón, con lo despistado que soy, aún recuerdo dónde lo dejé todo. Y no solo eso: todo lo relacionado con esto se queda en mi memoria, aunque luego me cueste recordar qué comí ayer.
Cuando me vi reflejada en el largo escaparate de un concesionario —con las luces apagadas, creando ese efecto espejo— entré en pánico. Me paré y giré la cabeza buscando miradas, risas o gestos que delataran que no era la única persona que se había dado cuenta. Seguro que había más de tres, pero disimulaban. No es difícil.
Terminé esa calle con pasos muy cortos, intentando no agravar el nerviosismo y vigilando constantemente mis movimientos en el reflejo. Al final de la calle, justo enfrente, había una gran tienda de ropa de una marca muy conocida. Al perder mi imagen en el escaparate, sentí la necesidad imperiosa de verme en un espejo y comprobar que todo estaba en su sitio.
Entré en la tienda y, al verme reflejada, ocurrió algo curioso: de repente, era como si estuviera sola en todo el lugar. La ansiedad y el miedo no desaparecieron del todo, pero sí lo suficiente como para que dejara de temblarme el tobillo.
Aun así, me sentía observada. Salí e intenté mantener un paso lento, recordando que así se notaba menos en el espejo. Caminando de esa forma, me di cuenta de algo: mucha gente parece darse cuenta, pero simplemente sigue a lo suyo.
Y eso, curiosamente, fue lo que más me relajó.
Mis pasos ya se dirigían hacia el coche para dar por terminada la aventura, pero en el camino había una tienda de ropa exclusivamente femenina que siempre me llamaba la atención. Tiene cosas preciosas, aunque por desgracia las tallas suelen ser demasiado pequeñas para mí.
Aún era pronto y esta vez iba de chica, así que me animé a entrar. Empecé a rebuscar entre los percheros. Aunque no me valgan, otras veces he comprado algo solo por tocarlo, por tenerlo… ya sabes.
La verdad es que lo estaba pasando genial. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero seguro que bastante. Revisé varios percheros, incluso llegué a coger algunas prendas, pero me di cuenta de que para comprarlas tendría que hablar. Y no podía decir que eran para otra persona… sonaría aún más extraño. Así que nada. Mejor dejarlo. Ya era suficiente locura por hoy.
Cuando decidí salir, entró en la tienda una pareja muy conocida mía. Ahí sí. Pensé: ahora sí que me han pillado. No hay escapatoria. Bajé la mirada, sonreí con resignación… pero pasaron a mi lado sin decir nada. No me reconocieron. Y en ese momento lo entendí: es increíble. Me dio un subidón tremendo.
Pero ya estaba cansada. Al relajarme, los tacones empezaron a doler de forma insoportable. Tanto, que empecé a cojear. El coche no estaba lejos, pero con ese dolor parecía inalcanzable. Por fin llegué, abrí la puerta y me dejé caer con un sonido muy masculino. No me di cuenta, estaba obsesionada con quitarme los zapatos. Pero una pareja venía justo detrás y lo escucharon todo. Y ahí ocurrió lo más extraño del día: en lugar de avergonzarme, asentí con la cabeza y les devolví una sonrisa. Miré sus caras… y quien parecía realmente incómoda era ella. Y así terminó mi aventura.
No sabría decir si fue buena o mala… pero sí sé que fue intensa.
Vértigo.
Esa es la palabra perfecta para describirla.



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