Cristina: Vértigo
Lo primero, como siempre, es dar las gracias.
No quiero parecer pesado con todo esto, pero no te haces una idea de lo mucho que ayuda. He perdido la cuenta de las veces que he leído tu respuesta, intentando encajarla dentro del relato o la versión que yo mismo estaba construyendo en mi cabeza. Buscaba una solución, una explicación, una respuesta que lo uniera todo.
Yo estaba obsesionado con hacer que todo encajara en una única historia, en un mismo relato, y eso me bloqueaba. Tú lo separaste en bloques independientes. Y ahora lo veo claro: no tienen por qué estar relacionados para tener sentido. Cada uno puede existir por sí mismo.
Cuando leí que a otras personas también les pasa, fue como abrir una válvula y liberar presión. Solo eso ya descargó la mitad del peso. Hay una palabra que leí y que describe a la perfección muchos de esos momentos, y nunca había pensado en ella: vértigo.
Sí, vértigo.
Porque muchos de esos instantes son exactamente eso. Estás en un lugar que no te corresponde. Completamente distinto a todo lo que has vivido hasta ahora. El miedo a caer, a ser descubierto, es casi paralizante. Pero, al mismo tiempo… es increíble.
Lo estás disfrutando como nunca y no quieres parar de ninguna forma. El angelito bueno te susurra que retrocedas, que te detengas. Pero cuando te paras, algo dentro de ti dice NO. Llevas muchos años soñando con ese momento. El miedo no es una excusa para dar marcha atrás. Estás preparada. Llevas años preparándote. Y el deseo volverá, una y otra vez.
Así que sí, esa es la palabra: vértigo.
Mientras releo todo lo que llevo escrito, me doy cuenta de que ya es largo. Muy largo. Pero necesito contar esta historia que llevo amasando en la cabeza desde el sábado. No tanto por lo que cuenta, sino por lo que libera. Es una forma de drenar presión.
Si no estás cansada de leer, el único consuelo que puedo darte es que, al menos, te vas a reír.
Todo empieza el sábado por la mañana. Tengo la casa para mí solo. Guau. Es ahora o nunca.
La ropa ya estaba preparada: un pantalón de vestir Guess, de pernera ancha, que ayudaría a esconder unos botines de tacón de la misma marca, de aquellos años 2005 o 2010, con plataforma y unos 14 o 15 centímetros de tacón.
Arriba, un body estampado tipo serpiente o leopardo, y un abrigo de paño como los que se llevan ahora. Intento reproducir uno de los maquillajes más neutros que he hecho, uno que os mandé con un vestido de flores. Cuando termino y lo reviso todo, me monto en el coche. En el asiento de atrás dejo ropa masculina, por si surge un plan B.
En los semáforos aprovecho para observar las reacciones de otros conductores. Miradas rápidas, curiosidad, nada más. El destino es un centro comercial en un polígono industrial, con grandes aparcamientos y zonas exteriores poco transitadas. Aparco en un lugar apartado y reviso que no haya nadie alrededor. Es imposible: se va uno y aparece otro. Bueno. Ya estoy aquí. No hay marcha atrás.
Salgo del coche y empiezo a caminar por la acera. Las baldosas tienen un relieve bastante pronunciado. Vaya, esto es nuevo. Con los tacones encajándose en los relieves, el supuesto y entrenado caminar tranquilo se encuentra con su primer obstáculo. Bajo el ritmo. Me adapto.
Llego a una zona más concurrida y empiezo a observar. Posiblemente soy la única chica con unos tacones así. Lo máximo que veo son plataformas enormes, con apenas ocho centímetros. Esto no es algo puntual. Lo veo varias veces. La escena más exagerada es una mujer, más o menos de mi edad, que se detiene y se queda mirando fijamente. En ese momento, mi autoestima y mi seguridad ya están por las nubes. Levanto un pie, le muestro el tacón con un gesto exagerado y, con otro gesto de desaprobación, continúo mi camino.
Mientras camino, me reflejo en un escaparate larguísimo. Y ahí llega el horror. Mis ademanes al andar son, sin duda, masculinos. Entro en modo pánico.
Uf… lo siento. Sabía que sería largo, pero esto ya se pasa tres pueblos.
Si quieres, otro día te cuento el resto. De verdad que solo necesitaba desahogarme. Solo con escribirlo ya siento algo de alivio.
Si has llegado hasta aquí —que, viendo lo largo que es, lo dudo— te doy un millón de gracias.
Muchas gracias. 🤍




Comentarios
Publicar un comentario