QUEER & QUERER, por Mara

. . . Queer . . .

. . . Querer . . .

Carmen y Lola vivieron en Frigiliana, por la calle Alta. Carmen (María del...) se casó. Lola no.

Lola, de joven, no era muy de hombres y más de madre. Tuvo un mal amor con un mal hombre. Casi por obligación. Salió como gata en baño de agua. Lola cuidó de la madre mientras el hermano se quedó con las tierras.

Carmen se casó con un buen hombre. Como eran antes. Cegados en el trabajo. Asiduos de algún casino. Escuetos en la iglesia. Tuvieron tres hijos: dos machotes y una hembra. Los que permitía la tierra. Carmen enviudó teniéndolos ya criados.

El mayor agarró las tierras. De viñas para vino de Cómpeta. Cuando se aburrió, las cambió por ladrillos para guiris. Ahí sigue. Aburrido, pero con dineros. El segundo bajó a Nerja a hacer fortuna. Zalamero y resultón, le saca provecho a la vida. Diez negocios ha tenido. De todos ha salido con amigos y dineros. No es poca cosa. La niña siguió el consejo de su madre. Estudió y opositó. Profesora de instituto. Buena profe y buena madre. Sus hijas fueron nietas ejemplares. Niñas traviesas, mozas de orgullo, malagueñas con embrujo.

Todo esto lo vio y lo vivió Lola. Tita Lola la decían.

Cuando Carmen enviudó, se aficionó a la misa y a la ermita. Y así empezó todo. O ya estaba empezado, pero no se veía.

—Lola, ¿te subes a la ermita? 

Y Lola, al rato, subía.

—Lola, ¿te bajas a misa?

Y Lola, a veces bajaba y, a veces, no podía.

Pero una mañana de domingo, de no sé cuándo, Lola le dijo:

—Chiquilla, que se nos hace tarde.

Y las dos bajaron juntas. Y desde entonces...

Carmen no lo decía. Lo sentía. Y era para ella y para Lola. Para las dos. Ese andar al mismo ritmo. Con cadencia y parada. Eso era un bailar que hacía años se apagó. Ese agarrarse del brazo era un runrún de esperanza. Las dos calladas. Las dos de negro. Y, al llegar a sus puertas, un separarse. Un mirarse. Un decírselo todo en silencio.

Llegó el momento en que las tardes de café y camilla fueron más que eso. Tejer baberos e hilvanar recuerdos. Mirarse y decirlo todo.

—Hasta mañana, Lola.

—Hasta mañana, Lucero...

Con el tiempo llegaron los achaques y los médicos. El agarrarse del brazo ya no era ayuda, sino angustia.

—¿Qué es mi vida si no te tengo?

Lola era más fuerte. Las tardes de camilla, a veces, se hacían noche sin sueño. Al alba, Lola volvía con su gato a su rincón y agujero...

Así llegaban los años con la abuela Carmen y la tita Lola...

Y llegó una tarde de risas, toses y silencio. A la noche, tras cenar dos huevos...

—¡Carmen! 

—Dime, Lola.

—¿Alguna vez te dije lo que te quiero?

—A cada mañana que miras, Lucero.

—Por eso.

Cayó la noche. Llegó el alba. Se apagaron los luceros.

Despertó Carmen. Recostadas en el sillón, Lola y la gata. Siguió el silencio.

Carmen salió. Buscó al médico.

Al día siguiente, la nieta miraba. Su abuela. La caja. Y un dolor que quebraba el cielo. Lola, toda de negro. En la muñeca, una pulsera arcoíris. Así lo dispuso en el testamento.

La nieta miraba. Los ojos de Carmen, rotos de tanto duelo. Y un dolor sin término.

—Te veré pronto, Lucero.

Es un texto con mucha fuerza emocional. He corregido ortografía, tildes, signos de puntuación y algunos pequeños detalles gramaticales, pero sin alterar el estilo fragmentario y poético que le da personalidad.

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