Katia no es novedad, está conmigo hace mucho

Vivo en Alemania desde hace más de diez años, pero Katia vive conmigo desde mucho antes. Durante mucho tiempo no supe cómo llamarla. Solo sabía que aparecía en silencio, en momentos muy concretos, pidiéndome espacio. Alemania, con su orden y su aparente apertura, me ayudó a entender que el problema no era el entorno, sino mi propio miedo.

La primera vez que Katia tuvo forma fue en una tienda de segunda mano. Compré un vestido sencillo, casi neutro, como si así pudiera justificarlo. Cuando llegué a casa y me lo puse, sentí una calma profunda. Katia no gritaba, no exigía nada. Solo estaba ahí, completa, tranquila.

Durante años mantuve a Katia en privado. No por vergüenza de ella, sino por miedo a perder el control de mi vida “normal”. Tenía trabajo, amigos, responsabilidades y una vida construida durante años. Me preguntaba constantemente qué pasaría si alguien me descubría, si alguien no lo entendía o si esa parte de mí empezaba a ocupar demasiado espacio.

Pero poco a poco entendí que Katia no venía a destruir nada. Venía a equilibrar. No dejé de ser quien soy; dejé de ocultar una parte sensible y honesta de mí.

Con el tiempo encontré espacios seguros y personas que no necesitaban definiciones rígidas. Personas con las que podía estar simplemente como Katia, sin tener que explicar demasiado, sin sentir que tenía que justificar cada gesto, cada prenda o cada emoción.

La primera vez que salí como Katia, el mundo no se cayó. Nadie me señaló. Alemania siguió funcionando. Yo seguí siendo yo, solo que un poco más libre.

Y también descubrí que, a veces, ayuda muchísimo compartir todo esto con personas que han vivido experiencias parecidas. Por eso terminé conociendo Dafni Girls. Había oído hablar de la posibilidad de vivir una experiencia en un entorno donde poder expresarme con tranquilidad, rodeada de otras personas que entendían perfectamente esa sensación de tener una parte de ti que durante años has mantenido escondida.

Al principio tenía mis dudas. Pensaba demasiado en todo: cómo sería estar allí, cómo me sentiría, si realmente conseguiría relajarme o si estaría todo el tiempo pendiente de mí misma.

Finalmente fui.

Y me sorprendió. No porque de repente desaparecieran todos mis miedos, sino porque durante unos días  pude dejar de luchar contra ellos. Pude dedicarme simplemente a disfrutar, a hablar, a reírme y a conocer a otras personas. También descubrí que no era tan diferente de las demás como había pensado durante tantos años.


Ya he vuelto una vez a Dafni Girls creo que lo más importante que me llevé de aquella experiencia no fue una determinada actividad o un momento concreto, sino la sensación de poder ser Katia sin tener que esconderme.

Para mí fue también una forma de entender que esto no tenía por qué ser una experiencia solitaria. Hay otras personas que han pasado por dudas muy parecidas, que han tenido miedo, que han necesitado su tiempo y que también están intentando descubrir qué lugar ocupa esta parte de ellas mismas en su vida.

Hoy Katia no es un secreto ni un personaje. Es una parte de mí que aprendí a respetar. No necesito estar todo el tiempo como Katia, ni necesito ponerle una etiqueta definitiva a lo que siento. Simplemente sé que existe y que forma parte de mi historia.

Después de tantos años, he dejado de preguntarme si tengo permiso para ser ella.

Ahora simplemente la dejo estar.

Y quizá eso es lo que más me ha enseñado todo este camino: que la identidad no necesita permiso. Solo necesita un poco de espacio, un lugar seguro y, sobre todo, verdad.


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